El 29 de noviembre de 1970, un hombre caminaba con sus dos hijas por Isdalen, un valle situado cerca de Bergen, en Noruega.
Era un lugar silencioso, rodeado de montañas y conocido entre algunos habitantes de la zona como el Valle de la Muerte.
Durante la caminata, una de las niñas descubrió algo entre las rocas.
Era el cuerpo de una mujer.
Estaba parcialmente quemado. Cerca había algunos objetos personales, restos de papel y diferentes pertenencias. Muchas de las marcas que podían ayudar a identificarla habían desaparecido.
La policía comenzó una investigación que parecía destinada a resolver una pregunta elemental:

¿Quién era aquella mujer?
Más de medio siglo después, todavía no existe una respuesta definitiva.
Una mujer sin nombre en el valle de Isdal
La investigación recibió el número 134/70.
Los agentes comprobaron rápidamente que identificar a la fallecida iba a ser mucho más difícil de lo habitual.
Las etiquetas de numerosas prendas habían sido retiradas. Algunos objetos tampoco conservaban marcas que permitieran determinar fácilmente dónde habían sido comprados.
La autopsia aportó otra pieza inquietante.
Los investigadores determinaron que había ingerido una cantidad considerable de fenobarbital, presente en pastillas para dormir, y que el monóxido de carbono también había intervenido en su muerte.
La presencia de hollín en sus pulmones indicaba que todavía estaba viva mientras se producía el fuego.
Las autoridades terminarían inclinándose por la hipótesis del suicidio.
Pero aquello estaba lejos de explicar todo.
Porque la mujer aparentemente había dedicado un esfuerzo extraordinario a ocultar quién era.
Dos maletas y una nueva investigación
Pocos días después del hallazgo apareció una pista fundamental.
En la estación ferroviaria de Bergen fueron localizadas dos maletas relacionadas con la desconocida.
Su contenido transformó el caso.
Había ropa, cosméticos, pelucas, dinero de diferentes países, mapas, horarios de transporte y otros objetos personales.
También apareció un cuaderno con anotaciones que inicialmente resultaban difíciles de comprender.
La policía consiguió interpretar buena parte de ellas.
No parecían revelar una conspiración ni contener mensajes secretos.
Eran, principalmente, una manera abreviada de registrar fechas y lugares por los que la mujer había viajado.
Ese descubrimiento permitió reconstruir parte de sus movimientos.

Y entonces apareció uno de los elementos más extraordinarios de toda la historia.
Las muchas identidades de la Mujer de Isdal
Los investigadores descubrieron que la desconocida se había alojado en distintos hoteles utilizando numerosos nombres.
Entre los registros asociados con ella aparecieron identidades como Claudia Tielt, Genevieve Lancier, Claudia Nielsen, Vera Jarle y Finella Lorck, además de otras variantes.
Cambiar de nombre no era lo único extraño.
También variaban las fechas de nacimiento, las direcciones y, en ocasiones, las ocupaciones declaradas.
Muchas de aquellas direcciones resultaron falsas.
En diferentes ocasiones decía proceder de Bélgica y completaba documentos en francés o alemán.
Era como si una misma persona hubiera construido varias vidas sobre el papel.

La policía podía seguir sus movimientos.
Podía saber en qué hoteles había dormido.
Podía estudiar lo que llevaba dentro de sus maletas.
Pero seguía sin saber su verdadero nombre.
¿Era una espía?
El contexto histórico hizo inevitable una pregunta.
Europa se encontraba en plena Guerra Fría.
Noruega pertenecía a la OTAN y compartía frontera con la Unión Soviética. El espionaje, la vigilancia militar y las operaciones de inteligencia formaban parte de una realidad que pocas veces llegaba al conocimiento público.
Una mujer que viajaba constantemente, utilizaba identidades falsas, eliminaba etiquetas de sus pertenencias y llevaba anotaciones codificadas parecía encajar perfectamente en una novela de espionaje.
Así nació una de las teorías más famosas del caso:
la Mujer de Isdal podía haber sido una agente secreta.
La posibilidad ha alimentado libros, investigaciones periodísticas, documentales y décadas de especulación.
Pero existe una diferencia fundamental entre una teoría atractiva y un hecho demostrado.
Hasta hoy, no existe una prueba concluyente que permita afirmar que aquella mujer fuera una espía.
Sus identidades falsas son reales.
Sus viajes están documentados.
El esfuerzo por dificultar su identificación también resulta evidente.
Su supuesto trabajo para algún servicio de inteligencia continúa perteneciendo al terreno de las hipótesis.
La ciencia vuelve al caso décadas después
El tiempo cerró muchas investigaciones antiguas.
En este caso ocurrió algo diferente.
Décadas después, las nuevas herramientas forenses permitieron volver a estudiar algunas de las evidencias conservadas.
Los dientes de la Mujer de Isdal resultaron especialmente valiosos.
Los análisis isotópicos pueden proporcionar información sobre el entorno geográfico en el que una persona pasó determinadas etapas de su vida. Los alimentos y el agua dejan señales químicas que quedan incorporadas durante la formación de los dientes.
Los resultados apuntaron hacia Europa central, posiblemente Alemania o zonas próximas a la frontera franco-alemana, y sugirieron posteriores desplazamientos durante su juventud.
Otros estudios científicos intentaron determinar su edad con mayor precisión.
Una investigación publicada posteriormente, utilizando diferentes técnicas aplicadas a dientes y huesos, estimó aproximadamente 1932 como año de nacimiento.
La ciencia había conseguido acercarse un poco más a aquella mujer.
Pero seguía faltando lo esencial.
Un nombre.
Una tumba esperando una identidad
La Mujer de Isdal fue enterrada en febrero de 1971 en el cementerio de Møllendal, en Bergen.
Se utilizó un ataúd de zinc pensando en la posibilidad de que algún día apareciera su familia y fuera necesario trasladar sus restos.
Nadie apareció.
Década tras década, investigadores, periodistas y especialistas regresaron al expediente.
Las técnicas forenses evolucionaron.
Las bases de datos crecieron.
El ADN permitió resolver casos que durante generaciones parecieron imposibles.
Aun así, la mujer encontrada entre aquellas montañas continúa oficialmente sin una identidad pública confirmada.
El verdadero misterio de la Mujer de Isdal
Tal vez lo más fascinante del caso no sean las pelucas, los nombres falsos ni siquiera las teorías de espionaje.
Es algo mucho más sencillo.
En algún lugar de Europa existió una niña que tuvo padres, quizá hermanos, compañeros de escuela y personas que conocieron su verdadero nombre.
Creció.
Aprendió idiomas.
Viajó.
En algún momento comenzó a presentarse ante el mundo utilizando identidades que no eran la suya.
Y un día apareció muerta en un valle de Noruega.
La investigación consiguió reconstruir fragmentos de su existencia, pero nunca logró unirlos hasta encontrar a la persona que había detrás.
Quizá algún documento permanezca olvidado en un archivo.
Quizá exista todavía una fotografía en un viejo álbum familiar.
Quizá el ADN termine haciendo lo que décadas de investigación no consiguieron.
Hasta entonces, seguirá ocurriendo algo extraño cada vez que contemos esta historia.
Hablaremos de sus viajes.
De sus maletas.
De sus dientes.
De sus identidades.
De sus últimos días.
Pero no podremos pronunciar la única palabra que realmente podría devolverle aquello que perdió en Isdalen:
su nombre.


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