El día que Mateo Valverde dejó de esperar barcos, llevaba exactamente 1.127 días mirando el horizonte.
Lo sabía porque cada mañana trazaba una pequeña raya sobre la pared de piedra donde dormía. Cinco líneas verticales y una diagonal. Luego otras cinco. Y otras.
Al principio, aquellos trazos servían para contar los días que faltaban para regresar a casa.
Después comenzaron a contar otra cosa.
Los días que llevaba sin escuchar su nombre pronunciado por otro ser humano.
El mar no respondió
Mateo tenía 38 años cuando el pequeño barco de carga en el que viajaba quedó atrapado en una tormenta.
Recordaría durante años el sonido de la madera quebrándose. Después, el agua negra. El combustible flotando sobre las olas. Un salvavidas. Frío.
Y finalmente, arena.
Cuando abrió los ojos estaba tendido en una playa estrecha rodeada por vegetación espesa. Tenía heridas en una pierna, los labios partidos y una sed que hacía doloroso hasta respirar.
No sabía dónde estaba.
Tampoco sabía que permanecería allí durante diez años.
Los primeros días los dedicó exclusivamente a mantenerse vivo.
Encontró agua de lluvia acumulada entre las rocas. Aprendió a abrir cocos golpeándolos contra una piedra. Improvisó un refugio con ramas y hojas.
Cada ruido procedente del océano lo hacía correr hacia la playa.
Una mañana creyó distinguir un barco.
Encendió una enorme fogata.
Gritó.
Agitó los brazos hasta sentir que los hombros se desprendían.
La silueta desapareció.
Aquella noche lloró por primera vez.
No por hambre.
No por miedo.
Lloró porque comprendió que alguien podía pasar cerca de su mundo sin saber siquiera que él existía.
El primer año: sobrevivir
Durante meses, Mateo organizó su vida alrededor de cuatro necesidades: agua, comida, refugio y fuego.
La isla dejó lentamente de parecerle una prisión desconocida.
Aprendió dónde encontrar cangrejos durante la marea baja, cuáles árboles daban frutos y en qué lugar podía recoger agua después de las lluvias.
También fabricó una lanza rudimentaria.
Cada descubrimiento era una pequeña victoria.
Pero existía una necesidad para la que no encontraba solución.
La conversación.
Mateo comenzó hablándose a sí mismo.
Primero eran frases prácticas.
—Hoy va a llover.
—Necesito más leña.
—Mañana revisaré las trampas.
Después empezó a contestarse.
Y finalmente apareció Tomás.
El hombre que nunca existió
Tomás era un antiguo compañero de trabajo.
O al menos había comenzado siéndolo.
Mateo imaginaba que estaba sentado frente a él mientras comía. Discutían sobre fútbol, recordaban personas, se quejaban del calor.
Con el tiempo, Tomás desarrolló opiniones propias.

Mateo sabía perfectamente que no existía.
Aun así, algunas noches dejaba un espacio libre junto al fuego.
La soledad prolongada puede alterar nuestra relación con los recuerdos, la percepción y la necesidad de conexión. La investigación distingue además entre aislamiento social —la ausencia objetiva de contacto— y soledad, que es la experiencia subjetiva de sentirse solo. Ambas pueden coincidir, pero no son exactamente lo mismo.
Mateo no conocía ninguna de esas palabras científicas.
Solo sabía que escuchar su propia voz era mejor que escuchar únicamente el mar.
Cuando los recuerdos comenzaron a borrarse
Al cuarto año ocurrió algo que lo aterrorizó más que cualquier tormenta.
No podía recordar la voz de su madre.
Recordaba perfectamente su rostro. Podía imaginar sus manos preparando café y la manera en que levantaba una ceja cuando algo le molestaba.
Pero su voz había desaparecido.

Mateo cerró los ojos y trató de reconstruirla.
Nada.
Entonces comenzó un ritual.
Cada noche escogía a una persona de su pasado y hablaba con ella.
Su madre.
Su hermano.
Una antigua novia.
El vecino que escuchaba música demasiado fuerte.
Incluso personas que alguna vez le habían caído mal.
Comprendió algo extraño: cuando uno está completamente solo, hasta aquellos que alguna vez molestaron pueden convertirse en compañía.
Estudios sobre aislamiento social han encontrado asociaciones entre una menor interacción social y un peor desempeño cognitivo, aunque las relaciones son complejas y no permiten convertir la experiencia de una persona en una fórmula universal.
Mateo luchaba contra aquello a su manera.
Recitaba nombres.
Contaba historias.
Cantaba canciones incompletas.
Se obligaba a recordar.
Porque comenzaba a sospechar que una persona puede desaparecer mucho antes de morir.
Basta con olvidar quién era.
El quinto año: dejar de esperar
Durante los primeros años, Mateo subía cada mañana hasta la parte más alta de la isla.
Desde allí observaba el horizonte.
Esperaba humo.
Una vela.
El reflejo metálico de un avión.
Cualquier cosa.
Al comenzar el quinto año dejó de subir.
No fue una decisión dramática.
Simplemente una mañana miró la colina y pensó:
Hoy no.
Al día siguiente tampoco subió.
Había construido una choza resistente. Tenía recipientes para almacenar agua, herramientas de piedra y madera y una pequeña zona donde cultivaba algunas plantas que había aprendido a reproducir.
Ya no estaba esperando para vivir.
Estaba viviendo.
Y aquello le produjo una culpa difícil de explicar.
Aceptar la isla significaba admitir que quizá nunca regresaría.
La tormenta
El séptimo año llegó el temporal más violento que Mateo había visto.
Durante horas permaneció encogido entre las rocas mientras el viento arrancaba ramas y el océano avanzaba sobre la playa.
Su refugio desapareció.
Sus reservas también.
Cuando salió al amanecer, encontró años de trabajo esparcidos por la costa.
Entonces vio las marcas.
Las 2.614 rayas que había trazado pacientemente sobre una pared estaban cubiertas de barro y arena.
Intentó limpiarlas.
Se detuvo.
Por primera vez comprendió que ya no necesitaba saber qué día era.
El tiempo había dejado de ser una escalera que conducía hacia el rescate.
Era simplemente tiempo.
Y él todavía estaba vivo.
Año diez
La mañana del rescate no tuvo nada extraordinario.
Mateo estaba recogiendo moluscos cuando escuchó un ruido.
Al principio pensó que era un trueno.
Después volvió a escucharlo.
Un motor.
Corrió.
Tropezó dos veces antes de llegar a la playa.
A varios cientos de metros había una embarcación.
Mateo levantó los brazos.
Gritó.
El barco continuó avanzando.
Entonces hizo algo que no había hecho en años.
Pronunció su nombre.
—¡Mateo!
Lo gritó otra vez.
—¡Mateo Valverde!
Como si necesitara recordarle al mundo quién estaba esperando allí.
La embarcación cambió de dirección.
Mateo cayó de rodillas.

Volver también puede ser una forma de naufragio
Meses después, sentado frente a una ventana, Mateo descubrió que regresar era mucho más difícil de lo que había imaginado.
Las ciudades eran insoportablemente ruidosas.
Dormía mal.
Las conversaciones con varias personas a la vez lo agotaban.
Todo parecía ocurrir demasiado rápido.
Durante diez años había fantaseado con volver.
Ahora, algunas noches cerraba los ojos y escuchaba mentalmente las olas de aquella isla.
No quería regresar.
Pero tampoco podía abandonarla completamente.
Tomás había desaparecido.
Mateo dejó de hablar con él pocos días después del rescate.
A veces lo echaba de menos.
Nunca se lo contó a nadie.
Lo que quedó en la isla
Años después alguien le preguntó cuál había sido el momento más difícil de aquella década.
Esperaban que hablara del hambre.
De las tormentas.
De las heridas.
Mateo permaneció callado durante unos segundos.
—El día que olvidé la voz de mi madre.
Entonces entendió algo que nunca había podido explicar.
Sobrevivir no había consistido solamente en conservar el cuerpo.
Había tenido que proteger algo mucho más frágil: la certeza de seguir perteneciendo a otros seres humanos.
Quizá por eso tememos tanto a la soledad. No porque el silencio esté vacío, sino porque, cuando dura demasiado, comienza a llenarse con nosotros mismos.
Y Mateo había pasado diez años mirando un océano que parecía no tener orillas para descubrir, finalmente, que ninguna isla está tan lejos como aquella en la que una persona siente que ya nadie recuerda su nombre.


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