Hay libros difíciles de comprender y libros escritos en lenguas que dejaron de hablarse hace siglos. Y luego está el manuscrito Voynich: un volumen de más de quinientos años cubierto por una escritura que nadie ha conseguido leer de manera convincente.
Sus páginas muestran plantas que parecen familiares pero que muchas veces resultan imposibles de identificar, círculos astronómicos, signos semejantes a los del zodiaco, extraños sistemas de tubos y numerosas figuras humanas —sobre todo mujeres— sumergidas en líquidos verdes o conectadas a estructuras cuyo propósito desconocemos.
El libro existe. Puede observarse página por página. Su antigüedad ha sido estudiada científicamente. Conocemos parte del camino que recorrió antes de llegar a la Universidad de Yale.
Lo que todavía ignoramos es lo más elemental:
¿qué dice?
Y quizá por eso, seis siglos después de su creación, el manuscrito Voynich continúa siendo uno de los documentos más desconcertantes de la historia.
Un libro auténtico detrás de una escritura incomprensible
Actualmente el manuscrito se conserva en la Beinecke Rare Book & Manuscript Library de la Universidad de Yale, catalogado como MS 408. La institución describe seis grandes grupos de ilustraciones: botánica, astronomía y astrología, escenas relacionadas con baños, diagramas cosmológicos, dibujos farmacéuticos de plantas y raíces, y páginas fundamentalmente textuales que podrían contener recetas.
Consultar el manuscrito Voynich en la Biblioteca Beinecke de Yale
Lo extraordinario es que esas imágenes conviven con miles de palabras escritas mediante caracteres desconocidos.
La escritura es suficientemente regular como para parecer un sistema organizado. Hay palabras que reaparecen, estructuras que se repiten y patrones que recuerdan el funcionamiento de un lenguaje. Sin embargo, no existe una traducción aceptada.
Eso ha convertido al Voynich en una especie de frontera entre lo que podemos observar y lo que todavía no sabemos interpretar.
La ciencia consiguió ponerle una edad al misterio
Durante mucho tiempo se discutió incluso si el manuscrito era realmente antiguo.
Esa duda cambió considerablemente con los análisis científicos.
Las pruebas de radiocarbono realizadas sobre el pergamino situaron su fabricación aproximadamente entre 1404 y 1438, es decir, durante las primeras décadas del siglo XV. Estudios posteriores de sus materiales también encontraron tintas, pigmentos y técnicas compatibles con la producción de manuscritos medievales.
Eso no resuelve el enigma de su contenido, pero elimina una explicación demasiado sencilla: que Wilfrid Voynich o algún falsificador moderno hubiera fabricado el volumen para crear un misterio rentable.
Estamos frente a un objeto verdaderamente antiguo.
Y eso vuelve la pregunta todavía más intrigante.
Si alguien dedicó semejante cantidad de tiempo y materiales a producirlo, ¿para qué lo hizo?
Wilfrid Voynich y el libro que terminó llevando su nombre
El manuscrito no recibe su nombre de su autor.
Lo debe a Wilfrid M. Voynich, comerciante de libros antiguos de origen polaco que lo adquirió en 1912 entre un conjunto de manuscritos procedentes de una institución jesuita cercana a Roma. Desde entonces comenzó a promover su estudio y a buscar una explicación para aquella escritura.
Pero la historia conocida del documento comienza mucho antes.
Según la reconstrucción de su procedencia conservada por Yale, el volumen estuvo relacionado con la corte del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Rodolfo II, quien reinó entre 1576 y 1612. Una tradición recogida posteriormente afirmaba que había pagado 600 ducados de oro por él.
Después aparecen nombres como el farmacéutico Jacobus Horčický de Tepenec, el alquimista Georgius Barschius, el médico Johannes Marcus Marci y el erudito jesuita Athanasius Kircher.
En 1666, Marci envió el manuscrito a Kircher acompañado de una carta que todavía se conserva.
Y luego ocurrió algo muy apropiado para la historia del Voynich:
desapareció durante siglos.
Volvió a emerger ante el mundo moderno cuando Voynich lo compró en 1912.
Las plantas que nadie consigue encontrar
Una parte considerable del libro parece un herbario.

Hay raíces, tallos, hojas y flores dibujados cuidadosamente. El problema comienza cuando intentamos compararlos con especies reales.
Algunas partes recuerdan plantas conocidas, mientras que otras parecen combinar características de especies diferentes. Una raíz puede parecer reconocible mientras las hojas pertenecen aparentemente a otra planta y la flor no coincide con ninguna de las dos.
Eso ha provocado interpretaciones de todo tipo.
Tal vez el artista dibujaba de memoria.
Tal vez representaba plantas exóticas desconocidas para los europeos.
Tal vez los dibujos eran simbólicos.
O quizá nunca tuvieron la intención de representar especies reales con precisión.
El texto situado alrededor de las ilustraciones podría resolver la cuestión inmediatamente.
Pero precisamente ese texto es lo que nadie puede leer.
Mujeres, agua y extraños conductos
Otra sección desconcierta todavía más.
Numerosas figuras femeninas desnudas aparecen dentro de piscinas, recipientes o estructuras llenas de líquido. Algunas están conectadas mediante tubos y canales que recuerdan vagamente sistemas hidráulicos o partes de una anatomía imaginaria.

Yale denomina tradicionalmente esta parte balneológica, debido a su aparente relación con baños.
Se ha sugerido que podría guardar relación con medicina, tratamientos terapéuticos, fertilidad, anatomía o determinadas prácticas medievales asociadas al agua.
Pero nuevamente debemos separar lo que vemos de lo que creemos ver.
Sin poder leer las explicaciones que acompañan las imágenes, una interpretación visual puede convertirse con facilidad en una historia inventada por el observador.
Ese es uno de los peligros permanentes del Voynich: su silencio invita a llenar los espacios vacíos con imaginación.
Un cielo que tampoco termina de explicarse
Otras páginas presentan estrellas, soles, lunas, diagramas circulares y símbolos vinculados aparentemente con la astronomía o la astrología.
Incluso aparecen representaciones asociadas al zodiaco.
Esto permite situar el manuscrito dentro de un mundo cultural medieval en el que medicina, astrología, botánica y observación del cielo podían formar parte de un mismo universo intelectual.
Pero los diagramas tampoco han ofrecido una llave definitiva para el texto.
El libro parece constantemente acercarnos a una explicación para luego retirarla.
Reconocemos una planta, pero no exactamente.
Reconocemos un signo zodiacal, pero el conjunto sigue siendo extraño.
Reconocemos la estructura de un libro científico o médico, pero somos incapaces de leer una sola página con seguridad.
¿Es realmente un idioma?
Esta es una de las preguntas fundamentales.
Una posibilidad es que el llamado voynichés esconda una lengua real mediante algún sistema de cifrado. Otra plantea que podría tratarse de un sistema de escritura desconocido, una lengua artificial, una forma especializada de abreviación o incluso un texto deliberadamente carente de significado.

Los análisis estadísticos complican la última explicación.
Investigaciones computacionales han encontrado que la distribución y organización de las palabras muestran propiedades compatibles, al menos en varios aspectos, con las de los lenguajes naturales y distintas de un texto simplemente generado al azar.
Una revisión lingüística publicada por Claire Bowern y Luke Lindemann en Annual Review of Linguistics sostiene que existen argumentos para estudiar el documento como lenguaje natural y que pueden detectarse patrones relacionados con estructura, morfología y organización aun sin saber qué significan sus palabras.
Esto no significa que se haya demostrado qué idioma contiene.
Significa algo quizá más inquietante:
el texto tiene orden, pero todavía desconocemos la lógica de ese orden.
Cinco personas pudieron haber trabajado en el manuscrito
Durante mucho tiempo podía imaginarse al autor del Voynich como una figura solitaria inclinada sobre su mesa, inventando caracteres y dibujando plantas desconocidas.
La paleografía ha complicado también esa imagen.
El análisis de las formas de los caracteres ha permitido identificar cinco manos diferentes, lo que sugiere la participación de varias personas en la escritura del volumen. Yale se refiere actualmente a ese trabajo paleográfico al explicar que cinco individuos pudieron colaborar en el libro.
Esto cambia una parte importante del misterio.
Si hubo varios escribas, la producción del manuscrito pudo haber sido una tarea organizada y no simplemente la obsesión privada de una sola persona.
Alguien pudo planificarlo.
Alguien proporcionó el pergamino.
Alguien elaboró o supervisó las ilustraciones.
Varias personas escribieron una cantidad enorme de texto utilizando el mismo sistema.
Y aparentemente todos ellos comprendían algo que nosotros hemos perdido.
Los mejores criptógrafos tampoco pudieron abrirlo
El siglo XX llevó al Voynich ante personas acostumbradas a enfrentarse con mensajes secretos.
Entre quienes estudiaron el manuscrito estuvieron criptógrafos profesionales, incluidos William y Elizabeth Friedman, figuras fundamentales de la criptología estadounidense. Tampoco lograron producir una solución aceptada.
Desde entonces han aparecido innumerables anuncios asegurando que el misterio finalmente fue resuelto.
Latín.
Hebreo.
Lenguas romances.
Sistemas abreviados.
Códigos médicos.
Idiomas asiáticos.
Lenguas artificiales.
Periódicamente surge una nueva traducción que parece haber encontrado la llave.
El problema es que descifrar un manuscrito no consiste en conseguir que unas cuantas palabras parezcan tener sentido. Un método convincente debe funcionar de manera consistente en todo el documento, explicar sus reglas y permitir que otros investigadores reproduzcan los resultados.
Hasta ahora ninguna propuesta ha conseguido alcanzar un consenso académico semejante.
Por eso el Voynich continúa oficialmente sin descifrar.
¿Y si nunca hubo nada que descifrar?
Existe todavía una posibilidad incómoda.
Quizá el texto no diga nada.
Un falsificador medieval podría haber producido un libro misterioso para venderlo a un coleccionista dispuesto a pagar por conocimientos secretos. La historia europea está llena de alquimia, textos esotéricos y obras atribuidas a autoridades antiguas para aumentar su valor.
Pero esa hipótesis también tiene problemas.
Crear centenares de páginas, mantener patrones relativamente consistentes, utilizar pergamino costoso, producir numerosas ilustraciones y coordinar aparentemente a varios escribas sería una empresa considerable para fabricar simple ruido.
Además, determinados análisis estadísticos han encontrado estructuras difíciles de reducir a una secuencia puramente aleatoria.
El fraude sigue siendo una hipótesis posible.
Solo que tampoco tenemos pruebas suficientes para declararlo resuelto de esa manera.
El verdadero misterio del manuscrito Voynich
Quizá algún día un patrón lingüístico, una comparación con otro documento desconocido o una herramienta computacional consiga abrir finalmente el libro.
O quizá nunca ocurra.
Pero el mayor atractivo del manuscrito Voynich no está únicamente en imaginar sociedades secretas, conocimientos prohibidos o códigos imposibles.
Está en algo mucho más humano.
Hace aproximadamente seis siglos, varias personas conocían el significado de esas páginas. Para ellas, aquellos caracteres posiblemente no eran un misterio. Las ilustraciones tenían una función. Las palabras transmitían algo.
Después esas personas murieron.
Pasaron generaciones.
El conocimiento necesario para leer el libro desapareció.
Y el objeto permaneció.
Hoy podemos analizar químicamente su tinta, calcular la edad de su pergamino, digitalizar cada milímetro de sus páginas y utilizar computadoras capaces de detectar patrones invisibles para cualquier lector medieval.
Aun así, no podemos sentarnos frente a él y hacer lo que sus autores probablemente consideraban lo más sencillo:
leerlo.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que el manuscrito Voynich continúa fascinándonos.
No porque demuestre que el pasado estaba lleno de secretos sobrenaturales, sino porque nos recuerda algo más inquietante: el conocimiento humano también puede desaparecer, mientras las palabras permanecen esperando a alguien que vuelva a comprenderlas.


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