Hubo un momento en el siglo XIX en que algunos poetas franceses dejaron de buscar únicamente la belleza en los jardines, el amor idealizado o los paisajes sublimes. Comenzaron a encontrarla también en las calles húmedas, la enfermedad, el deseo, el tedio, la culpa y aquello que la sociedad prefería esconder.
No formaban una organización ni habían firmado un manifiesto común. Tampoco se levantaban cada mañana pensando que estaban fundando una nueva literatura. Eran escritores incómodos, muchas veces incomprendidos y, en ciertos casos, autodestructivos.
Con el tiempo terminaríamos llamándolos poetas malditos.
Y detrás de esa expresión romántica hay una historia bastante más interesante que la leyenda del artista condenado a sufrir.
Baudelaire: encontrar flores donde otros veían podredumbre
Antes de que existiera la expresión poetas malditos, Charles Baudelaire ya había abierto la puerta.
En 1857 apareció Las flores del mal. El título contenía casi todo su programa poético: extraer belleza de aquello que normalmente consideramos desagradable, decadente o moralmente perturbador.
Baudelaire escribió sobre deseo, muerte, corrupción, hastío y la experiencia del individuo perdido dentro de la ciudad moderna. París dejaba de ser solamente un escenario elegante. También podía ser multitud, humo, prostitución, pobreza y soledad.
Era como mirar una calle después de la lluvia y descubrir que el reflejo sucio de una lámpara sobre el pavimento también puede ser hermoso.
La sociedad francesa no recibió aquella propuesta con indiferencia.
Pocas semanas después de la publicación, las autoridades iniciaron un proceso contra el libro. El 20 de agosto de 1857, Baudelaire y sus editores fueron condenados por ofensa a la moral pública y seis poemas tuvieron que ser retirados. La prohibición sobre esas piezas no fue anulada hasta 1949.
El escándalo no era toda la obra

Reducir Las flores del mal a un libro provocador sería cometer precisamente el error de algunos de sus primeros críticos.
Baudelaire intentaba algo mucho más profundo: observar al ser humano completo.
La belleza podía convivir con la corrupción. El deseo con la culpa. La espiritualidad con el cuerpo. El sueño de alcanzar algo superior con la incapacidad cotidiana de conseguirlo.
Ese conflicto entre el ideal y la caída terminaría marcando buena parte de la poesía moderna. Su influencia alcanzó a generaciones posteriores y contribuyó al desarrollo de corrientes como el simbolismo.
Paul Verlaine puso nombre a los “malditos”
La expresión que hoy utilizamos llegó después.
En 1884 Paul Verlaine publicó Les Poètes maudits, una pequeña obra crítica dedicada inicialmente a Tristan Corbière, Arthur Rimbaud y Stéphane Mallarmé. En una edición ampliada de 1888 incorporó también a Marceline Desbordes-Valmore, Villiers de l’Isle-Adam y a él mismo bajo el nombre de “Pauvre Lelian”.
Aquí aparece una paradoja fascinante.
Actualmente solemos imaginar al poeta maldito como alguien condenado a las drogas, la pobreza, los amores destructivos y una muerte prematura. Para Verlaine, la “maldición” tenía otro componente fundamental: ser ignorado.
Su libro buscaba llamar la atención sobre escritores que podían desaparecer de la memoria literaria. La Biblioteca Nacional de Francia señala que Verlaine no pretendía glorificar una escritura caótica; trataba de rescatar autores contemporáneos amenazados por el olvido.
La posteridad hizo el resto.
Rimbaud: escribir como un incendio y después desaparecer

Si existe una vida que alimentó la leyenda de los poetas malditos, probablemente sea la de Arthur Rimbaud.
Llegó a París siendo prácticamente un adolescente y revolucionó la poesía francesa antes de cumplir veinte años.
Su relación con Paul Verlaine fue intensa, turbulenta y violenta. Viajaron juntos por Francia, Bélgica e Inglaterra hasta que una discusión en Bruselas terminó con Rimbaud herido y Verlaine condenado a prisión.
Después ocurrió algo todavía más extraño.
Rimbaud abandonó la literatura.
Mientras otros escritores pasan la vida intentando publicar una obra definitiva, él dejó de escribir poesía cuando apenas comenzaba la edad adulta y terminó viviendo como comerciante y viajero en África. Durante aquellos años, sus cartas prácticamente dejaron de hablar de literatura.
Su silencio terminó formando parte del mito.
Era como si alguien hubiera aprendido a tocar el piano de una manera que nadie había escuchado antes y, justo cuando el público comenzaba a prestarle atención, hubiera cerrado la tapa y abandonado para siempre la habitación.
La decadencia fue también una rebelión estética
Detrás de aquellas vidas difíciles había mucho más que alcohol, pobreza, escándalos o relaciones tormentosas.
Existía una rebelión contra la idea de que la literatura debía ser moralmente ejemplar.
Los escritores asociados al decadentismo y posteriormente al simbolismo exploraron estados interiores, sensaciones, sueños, sexualidad, aburrimiento, enfermedad y zonas oscuras de la conciencia.
La poesía ya no necesitaba comportarse correctamente.
Podía inquietar.
Podía resultar ambigua.
Podía obligarnos a mirar aquello que preferimos evitar.
Verlaine llegó a convertirse en una influencia central del simbolismo y fue considerado también uno de los modelos del movimiento decadente surgido en Francia durante las últimas décadas del siglo XIX.
¿Había que sufrir para escribir buena poesía?
Aquí conviene separar literatura y leyenda.
Muchos de aquellos autores vivieron situaciones realmente duras. Baudelaire sufrió deudas y problemas de salud; Verlaine atravesó pobreza, alcoholismo, conflictos personales y prisión; Rimbaud tuvo una existencia extraordinariamente errante.
Pero convertir el sufrimiento en requisito para crear arte sería una lectura peligrosa.
El dolor no produce automáticamente belleza.
Lo extraordinario ocurrió cuando determinados escritores fueron capaces de transformar sus contradicciones en lenguaje.
Esa diferencia importa. Miles de personas han sufrido sin escribir un verso. Lo que distingue a estos autores fue su capacidad para observar zonas incómodas de la experiencia humana y encontrar una forma nueva de nombrarlas.
Los poetas malditos ganaron finalmente la batalla
Hay cierta ironía en todo esto.
Aquellos escritores que parecían destinados al margen terminaron entrando en universidades, bibliotecas y antologías de todo el mundo.
El pequeño libro de Verlaine de 1884 tuvo una primera edición de apenas 253 ejemplares, de acuerdo con la Biblioteca Nacional de Francia. La expresión que contenía terminó sobreviviendo al propio autor y convirtiéndose en una categoría cultural reconocible.
Baudelaire fue condenado. Rimbaud abandonó la poesía. Verlaine pasó temporadas en hospitales y terminó viviendo en condiciones precarias.
Hoy seguimos leyéndolos.
Quizá esa sea la última paradoja de los poetas malditos: pasaron buena parte de sus vidas sintiéndose fuera de lugar y terminaron encontrando un lugar permanente dentro de la literatura.
Tal vez los libros poseen una extraña forma de justicia que las personas no siempre alcanzamos a ver. Un tribunal puede condenar seis poemas, una sociedad puede ignorar a un escritor y una generación puede considerar insoportable determinada obra. Después pasan los años, desaparecen jueces, críticos y escándalos, y unas palabras escritas en una habitación pobre continúan respirando. A veces la literatura tarda mucho en llegar a casa.


Deja un comentario