El hombre bicentenario: qué significa realmente ser humano

Robot humanoide reflexiona sobre su identidad en El hombre bicentenario de Isaac Asimov.

Imagina que pudieras vivir doscientos años.

Que vieras envejecer a quienes amas, desaparecer generaciones enteras y transformarse el mundo mientras tú permaneces prácticamente intacto. Ahora imagina algo todavía más extraño: que durante todo ese tiempo tu mayor deseo no fuera vivir para siempre, sino conseguir que los demás aceptaran que eres uno de ellos.

Ese es el corazón de El hombre bicentenario, una de las historias más profundas de Isaac Asimov.

No trata simplemente de un robot que quiere convertirse en humano. En realidad, plantea una pregunta mucho más incómoda: ¿Quién tiene derecho a decidir qué significa ser humano?

Asimov publicó The Bicentennial Man en 1976 dentro de la antología Stellar #2. La historia terminó convirtiéndose en una de sus obras más reconocidas y obtuvo, entre otros galardones, los premios Hugo y Nebula en su categoría.

Casi medio siglo después, la pregunta que escondía aquel relato parece menos lejana que entonces.

Andrew no nació: fue fabricado

Andrew comienza su existencia como un robot doméstico de la serie NDR.

Es una propiedad.

Un objeto adquirido para trabajar dentro de una casa.

Y esa diferencia resulta fundamental, porque desde las primeras páginas Asimov establece una frontera aparentemente sencilla: de un lado están los seres humanos; del otro, las máquinas.

Andrew debería obedecer.

Debería cumplir órdenes.

Debería ser útil.

Nada más.

Pero poco a poco empieza a suceder algo que nadie esperaba.

Andrew crea.

Trabaja la madera con una sensibilidad que excede claramente la función para la cual fue construido. No se limita a ejecutar instrucciones: desarrolla una habilidad propia y produce objetos que poseen valor artístico.

Ahí aparece la primera grieta.

Porque una herramienta puede fabricar algo. Una máquina industrial puede repetir una pieza diez mil veces.

Pero cuando alguien crea algo porque descubre una manera particular de expresarse, nuestra percepción cambia.

Manos robóticas tallando madera como símbolo de la creatividad de Andrew.
Cuando Andrew comienza a crear, la frontera entre herramienta e individuo empieza a resquebrajarse.

La creatividad como primera señal de individualidad

Andrew comienza entonces a recibir dinero por sus creaciones.

Y con el dinero llega otra idea aparentemente sencilla que termina siendo revolucionaria: quiere administrarlo.

Quiere poseer.

Quiere decidir.

Quiere ser libre.

El problema ya no consiste en averiguar si el robot funciona correctamente.

La pregunta empieza a ser otra:

¿puede algo que tiene deseos propios seguir siendo propiedad de alguien?

Asimov no necesita grandes batallas entre humanos y máquinas para plantear el conflicto. Lo lleva a un terreno mucho más cotidiano.

Andrew simplemente desea disponer de su propia existencia.

Y quizá ahí empieza su verdadera transformación.

La libertad llega antes que la humanidad

Hay un detalle extraordinario en El hombre bicentenario: Andrew no solicita inmediatamente que lo reconozcan como humano.

Primero pide libertad.

Eso importa mucho.

Porque ser libre significa dejar de pertenecerle a otro.

Andrew comprende gradualmente que, mientras jurídicamente continúe siendo propiedad, cualquier otra aspiración será secundaria.

Su lucha recuerda algo profundamente humano: muchas de las grandes conquistas sociales de nuestra historia comenzaron cuando alguien cuestionó una situación que durante años parecía normal.

No porque las reglas hubieran cambiado de repente, sino porque alguien preguntó por qué debían seguir siendo así.

Andrew hace exactamente eso.

No se rebela destruyendo.

No amenaza.

No intenta imponerse.

Pregunta.

Insiste.

Argumenta.

Es paradójico: el robot demuestra su humanidad mediante una de las actividades más humanas que existen, la búsqueda de reconocimiento.

Un cuerpo que nunca parece suficiente

Una vez conseguida cierta independencia, Andrew comienza otro proceso.

Transforma su cuerpo.

Aquella apariencia metálica que lo identifica inmediatamente como máquina empieza a cambiar. Busca adquirir una forma cada vez más cercana a la anatomía humana.

Y aquí Asimov introduce otra pregunta fascinante.

¿Somos humanos por nuestro cuerpo?

Si reemplazáramos una pierna por una prótesis, nadie afirmaría que hemos dejado de ser personas.

Tampoco ocurriría si sustituyéramos una articulación, utilizáramos un marcapasos o necesitáramos algún dispositivo artificial para mantener una función vital.

Entonces, ¿en qué momento la cantidad de componentes artificiales cambiaría nuestra condición?

Andrew recorre el camino inverso.

Él comienza siendo una máquina y sustituye progresivamente componentes para parecerse a nosotros.

La frontera se vuelve borrosa.

Si un humano puede incorporar elementos artificiales sin perder su humanidad, ¿por qué un ser artificial que adquiere características humanas debe permanecer eternamente fuera de ella?

Asimov deja esa incomodidad sobre la mesa.

No ofrece una respuesta fácil.

El verdadero problema no está dentro de Andrew

A medida que avanza la obra podemos caer en una trampa.

Pensamos que la historia consiste en observar cuánto debe cambiar Andrew para convertirse en humano.

Pero quizá el asunto es exactamente al revés.

La humanidad es la que debe cambiar para aceptar a Andrew.

Él aprende.

Crea.

Toma decisiones.

Defiende su libertad.

Construye relaciones.

Posee memoria.

Desarrolla propósitos.

Comprende la pérdida.

Busca reconocimiento.

Cada nueva conquista reduce la distancia entre él y nosotros, pero siempre aparece una barrera adicional.

Es como acercarse a una puerta que retrocede un paso cada vez que intentamos tocarla.

Y ahí reside una de las críticas más poderosas de la obra.

Cuando una sociedad decide que alguien pertenece a una categoría inferior, las condiciones necesarias para aceptarlo pueden cambiar continuamente.

Primero no tiene el cuerpo adecuado.

Después no posee el origen correcto.

Luego aparece otro argumento.

Andrew puede modificar casi todo acerca de sí mismo, excepto una cosa: haber nacido máquina.

¿Puede una máquina ser una persona?

Esta pregunta parecía ciencia ficción pura en 1976.

Hoy resulta bastante más cercana.

Vivimos en una época en la que sistemas artificiales producen texto, imágenes, música, análisis y conversaciones que hace unas décadas habrían parecido imposibles.

Eso no significa que las inteligencias artificiales actuales sean Andrew ni demuestra que posean conciencia.

Confundir capacidad con conciencia sería un salto enorme.

Precisamente por eso Asimov continúa siendo interesante.

La pregunta sobre qué nos hace verdaderamente humanos también aparece, desde otro ángulo, en nuestro análisis sobre el experimento de Stanford.

No nos entrega una respuesta tecnológica. Nos obliga a pensar en el criterio que utilizaríamos si alguna vez tuviéramos que responder seriamente la pregunta.

¿Qué exigiríamos?

¿Inteligencia?

¿Memoria?

¿Creatividad?

¿Emociones?

¿Autoconciencia?

¿Capacidad de sufrir?

¿Libertad para decidir?

Robot ante una asamblea humana en su búsqueda de reconocimiento y derechos.
Andrew puede transformar su cuerpo, pero el reconocimiento de su identidad depende de quienes deciden dónde termina lo humano.

Y después aparece la pregunta más difícil:

¿cómo sabríamos que realmente posee esas características y no simplemente las imita?

No tenemos una respuesta definitiva.

Quizá ese sea precisamente el punto.

Andrew descubre que parecer humano no basta

Durante décadas, Andrew transforma prácticamente todos los aspectos de su existencia.

Su cuerpo cambia.

Su posición social cambia.

Su relación con las personas cambia.

La tecnología que lo rodea también evoluciona.

Pero todavía existe una diferencia imposible de esconder.

Andrew no envejece como nosotros.

Puede sobrevivir generación tras generación.

Mientras las personas que conoce aparecen, crecen y desaparecen, él continúa.

La inmortalidad, que cualquier humano podría considerar un privilegio extraordinario, termina convirtiéndose en la última barrera que lo separa de la humanidad.

Y entonces Asimov ejecuta el giro más doloroso de toda la historia.

Para ser humano, Andrew debe poder morir

Andrew comprende que la sociedad difícilmente lo aceptará por completo mientras continúe siendo potencialmente inmortal.

Así que toma una decisión irreversible.

Renuncia a esa ventaja.

Permite que su existencia tenga un final.

Resulta difícil encontrar una contradicción más hermosa dentro de la ciencia ficción.

Durante siglos, los seres humanos hemos fantaseado con vencer a la muerte.

Andrew puede hacerlo.

Y decide no hacerlo.

Nosotros soñamos con alcanzar su condición.

Él renuncia a ella para alcanzar la nuestra.

La mortalidad como última frontera

¿Por qué la muerte resulta tan importante?

Tal vez porque una parte de nuestra manera de vivir nace precisamente del hecho de saber que el tiempo se acaba.

Amamos con urgencia porque podemos perder.

Postergamos cosas y luego nos arrepentimos porque nuestros días son limitados.

Guardamos fotografías porque las personas cambian.

Recordamos voces porque un día dejan de escucharse.

La mortalidad convierte el tiempo en algo valioso.

Andrew había aprendido muchas características humanas durante sus doscientos años de existencia, pero todavía contemplaba el paso del tiempo desde una posición distinta.

Cuando acepta morir, acepta también nuestra fragilidad.

Y quizá ninguna transformación física había sido tan profunda.

Andrew al final de su vida tras elegir la mortalidad para ser reconocido como humano.
Después de buscar la humanidad durante dos siglos, Andrew acepta aquello que ningún ser humano puede evitar: el final.

El hombre bicentenario y la paradoja de ser humano

La historia alcanza entonces una conclusión extraordinaria.

Andrew pasa gran parte de su existencia tratando de demostrar que merece ser considerado humano.

Y cuando finalmente alcanza ese reconocimiento, está llegando también al final de su vida.

Consigue aquello que buscó durante dos siglos precisamente cuando ya no podrá disfrutarlo durante mucho tiempo.

Podría parecer una victoria inútil.

No lo es.

Andrew nunca luchó únicamente por una palabra.

Luchó por el derecho a definir su propia identidad.

Quería que la sociedad reconociera aquello que él llevaba mucho tiempo comprendiendo sobre sí mismo.

Por eso su historia habla de robots, pero también habla de nosotros.

Habla de dignidad.

De prejuicios.

De pertenencia.

De las etiquetas que colocamos sobre otros.

Y de nuestra extraña costumbre de construir fronteras para decidir quién merece entrar.

La película hizo visible a Andrew, pero la pregunta nació en Asimov

Muchos lectores conocieron la historia gracias a la película Bicentennial Man, estrenada en 1999, dirigida por Chris Columbus y protagonizada por Robin Williams.

La producción tomó elementos tanto del relato original como de The Positronic Man, la novela desarrollada posteriormente por Isaac Asimov y Robert Silverberg.

Robin Williams aportó a Andrew una ternura que hizo memorable al personaje para una generación entera.

Pero debajo de la emoción cinematográfica permanece intacta la gran intuición de Asimov.

La tecnología cambia.

La pregunta permanece.

¿Qué significa realmente ser humano?

Después de acompañar a Andrew durante dos siglos, resulta difícil responder con una sola palabra.

No parece suficiente decir que somos humanos porque tenemos determinado cuerpo.

Tampoco porque nacimos de otros seres humanos.

Ni siquiera la inteligencia basta.

Andrew obliga a considerar algo más profundo.

Tal vez nuestra humanidad se encuentre en la combinación de muchas cosas: nuestra conciencia de existir, nuestra capacidad para elegir, crear vínculos, buscar libertad, recordar, amar, sufrir y comprender que algún día dejaremos de estar aquí.

Y aun así queda una última posibilidad.

Quizá ser humano no sea solamente una condición biológica.

Quizá también sea una historia que construimos mientras vivimos.

Andrew necesitó doscientos años para conseguir que el mundo pronunciara una palabra que él llevaba mucho tiempo buscando.

Hombre.

Y hay algo profundamente conmovedor en que una máquina imaginada por Isaac Asimov terminara enseñándonos una verdad acerca de nosotros mismos: a veces solo comprendemos el valor de ser humanos cuando contemplamos a alguien dispuesto a entregar la eternidad con tal de compartir nuestra frágil condición.

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