La caída de Babilonia en 539 a. C. marcó uno de los grandes giros políticos del mundo antiguo. Durante siglos, el nombre de aquella ciudad había evocado poder, riqueza y una grandeza que parecía destinada a desafiar el tiempo. Sus murallas protegían una de las capitales más célebres de Mesopotamia. Sus templos dominaban el paisaje. Sus reyes habían sometido pueblos y trasladado comunidades enteras. Pero aquel año, Babilonia pasó a manos de un nuevo conquistador: Ciro el Grande.
Lo sorprendente no es únicamente que Babilonia cayera.
Lo verdaderamente intrigante es cómo ocurrió.
Las fuentes antiguas no cuentan exactamente la misma historia. Una crónica babilónica habla de derrotas militares y de una entrada prácticamente sin combate en la ciudad. Heródoto, escribiendo décadas más tarde, relata una audaz operación relacionada con las aguas del Éufrates. El propio Ciro dejó una inscripción que presentaba su llegada como una liberación respaldada por los dioses.
Entre propaganda, memoria y registros escritos sobre arcilla se encuentra uno de los grandes cambios de poder de la Antigüedad.
Babilonia antes de la caída
A mediados del siglo VI a. C., Babilonia seguía siendo una de las grandes capitales del Cercano Oriente.
El Imperio neobabilónico había alcanzado enorme prestigio durante el reinado de Nabucodonosor II. Bajo su gobierno, la ciudad vivió extensos programas constructivos y se convirtió en el centro político de un territorio que dominaba buena parte de Mesopotamia y del Levante.
También fue durante las campañas babilónicas cuando Jerusalén fue conquistada y parte de su población trasladada a Babilonia, un episodio que posteriormente tendría gran importancia en la tradición judía.
Para cuando Ciro apareció en el horizonte, aquel mundo ya comenzaba a cambiar.
El último rey del imperio, Nabónido, había gobernado desde 556 a. C. y mantenía una relación compleja con las estructuras religiosas tradicionales de Babilonia. Las fuentes posteriores favorables a Ciro lo retrataron como un monarca que había alterado las prácticas religiosas y provocado el descontento de sectores vinculados al culto de Marduk.
Conviene ser prudentes con esa imagen: buena parte de lo que conocemos fue escrito en un contexto político donde el nuevo régimen necesitaba justificar al vencedor.
Y los vencedores, desde luego, también escribían historia.
Ciro el Grande se acerca a Babilonia
Ciro no llegó a las puertas de Babilonia como un gobernante desconocido.
Años antes había derrotado a Astiages, rey de los medos, y extendido su dominio sobre amplios territorios. También había conquistado Lidia, cuyo célebre rey Creso gobernaba desde Sardes.
Poco a poco estaba naciendo una potencia nueva: el Imperio aqueménida.
En 539 a. C., esa expansión alcanzó Babilonia. La cronología preservada por fuentes iranológicas sitúa primero una victoria persa sobre las fuerzas babilónicas cerca de Opis, a orillas del Tigris. Poco después cayó Sippar. Finalmente, Babilonia quedó bajo control persa.
Aquí empieza una de las partes más interesantes de la historia.
Opis: la batalla que precedió a la conquista
La Crónica de Nabónido, una de las fuentes fundamentales para reconstruir estos acontecimientos, registra una derrota babilónica frente al ejército persa en Opis.
Tras aquella derrota, el equilibrio militar había cambiado.
Sippar fue ocupada y, poco después, las fuerzas de Ciro entraron en Babilonia. La crónica afirma que la ciudad fue tomada sin una batalla dentro de ella y que Nabónido terminó prisionero. También señala que las ceremonias de los templos continuaron desarrollándose con normalidad.
Eso no significa que toda la conquista de Babilonia fuera pacífica.
Antes de alcanzar la capital había existido una verdadera campaña militar.
La distinción es importante: una ciudad puede ser ocupada sin una gran batalla dentro de sus murallas y, aun así, ser el resultado de una guerra.
¿Desvió Ciro realmente el río Éufrates?
Siglos de divulgación histórica han repetido una escena extraordinaria.
Según Heródoto, los persas desviaron parte del caudal del Éufrates hacia una zona pantanosa, haciendo que el nivel del río descendiera. Los soldados habrían avanzado entonces por el cauce y penetrado en Babilonia mientras parte de sus habitantes celebraba una festividad.

Es una historia magnífica.
También debemos tratarla con cautela.
Heródoto escribió su obra aproximadamente un siglo después de los acontecimientos y su relato no coincide completamente con las fuentes babilónicas contemporáneas. Su narración presenta una operación hidráulica espectacular, mientras que la documentación mesopotámica pone mayor énfasis en la derrota militar previa y en la posterior ocupación de la ciudad.
No tenemos que escoger apresuradamente entre una historia y otra.
Quizá algunos elementos de tradición militar llegaron hasta Heródoto transformados por décadas de transmisión oral. Tal vez existieron operaciones relacionadas con los canales y accesos fluviales. O quizá el relato fue embellecido con el tiempo.
La documentación disponible no permite reconstruir cada movimiento de aquella noche con absoluta certeza.
Y precisamente allí comienza el trabajo de la historia: no llenar los silencios con imaginación, sino reconocerlos.
El Cilindro de Ciro: la versión del vencedor
Existe otro testimonio extraordinario.
El Cilindro de Ciro es una inscripción de arcilla escrita en lengua y escritura babilónicas poco después de la conquista. Actualmente conservado en el British Museum, relata la llegada del rey persa y presenta a Nabónido como un gobernante que había alterado el orden religioso tradicional.
El texto afirma que Marduk, principal divinidad de Babilonia, eligió a Ciro y permitió su entrada en la ciudad. También describe la restauración de cultos y el retorno de estatuas religiosas y grupos desplazados a distintos lugares.

Resultaría tentador leer aquello como una crónica objetiva.
No lo era.
El propio British Museum señala que el documento utiliza formas tradicionales de legitimación política babilónica y debe entenderse también dentro del lenguaje propagandístico de la época.
Ciro necesitaba algo más que conquistar Babilonia.
Necesitaba gobernarla.
Presentarse no como destructor, sino como restaurador del orden, era una manera extraordinariamente eficaz de hacerlo.
¿Fue el Cilindro de Ciro la primera declaración de derechos humanos?
Esta idea se ha repetido tantas veces que parece formar parte inseparable de la historia del objeto.
Pero merece una corrección importante.
El Cilindro de Ciro ha sido descrito modernamente como una especie de primera declaración de derechos humanos. El British Museum advierte que aplicar ese concepto al documento es anacrónico: el texto no habla de derechos humanos en el sentido moderno.
Eso no reduce su importancia.
La política descrita en la inscripción sí muestra restauraciones religiosas, devolución de imágenes de culto y retornos de poblaciones desplazadas. Tales medidas contrastaban en determinados aspectos con prácticas utilizadas por imperios anteriores.
Lo que debemos evitar es transformar una política imperial de hace más de dos mil quinientos años en una declaración política escrita con categorías de nuestro tiempo.
Ciro fue un gobernante antiguo.
Comprenderlo exige permitirle pertenecer a su propio mundo.
Ciro, Babilonia y el relato bíblico
La caída de Babilonia tuvo consecuencias que trascendieron ampliamente sus murallas.
Entre las comunidades que vivían dentro del territorio babilónico estaban los descendientes de los habitantes de Judá deportados tras la conquista de Jerusalén.
La tradición bíblica atribuye a Ciro un papel extraordinariamente favorable. El libro de Esdras lo relaciona con el retorno de los exiliados y con la reconstrucción del templo de Jerusalén.
Aquí aparece una conexión fascinante con el Éxodo.
Son acontecimientos completamente diferentes y separados por siglos, pero ambos ocuparon un lugar central en la memoria de comunidades que construyeron parte de su identidad alrededor de experiencias de desplazamiento, liberación y retorno.
Fuentes históricas modernas también señalan que la conquista persa abrió una nueva etapa para las comunidades judías de Babilonia y Jerusalén.
Una vez más, historia, religión y memoria se cruzan.
No son exactamente lo mismo.
Pero tampoco pueden estudiarse como mundos totalmente separados.
Babilonia no desapareció cuando cayó su imperio
Existe otra imagen popular que merece corregirse.
La caída de Babilonia en 539 a. C. no significó la destrucción inmediata de la ciudad.
Babilonia continuó siendo un centro importante bajo dominio persa. Sus templos siguieron funcionando y su tradición intelectual sobrevivió durante siglos.
Dos siglos después, otro conquistador procedente de Occidente llegaría hasta ella.
Su nombre era Alejandro Magno.
Tras derrotar al Imperio aqueménida, Alejandro contempló Babilonia como uno de los grandes centros de su nuevo dominio asiático. Murió allí en 323 a. C., antes de poder concretar plenamente sus proyectos. La ciudad mantuvo actividad durante la época helenística, aunque progresivamente fue perdiendo importancia frente a nuevos centros urbanos.
Hay algo casi circular en esa historia.
Ciro conquistó Babilonia y construyó el imperio que, aproximadamente dos siglos después, Alejandro terminaría derrotando.
Los imperios que parecen eternos suelen ser apenas capítulos largos vistos desde nuestra corta vida.
Lo que las fuentes pueden decir y lo que no
Sobre la caída de Babilonia poseemos algo extraordinario: documentos babilónicos relativamente cercanos a los acontecimientos, una inscripción oficial del nuevo gobernante y relatos posteriores de autores griegos.
Aun así, quedan preguntas.
No conocemos con absoluta precisión cada detalle de la entrada persa en la ciudad. No podemos demostrar que todas las afirmaciones del Cilindro de Ciro reflejen exactamente las percepciones de la población. Tampoco sabemos cuánto del relato hidráulico de Heródoto conserva información histórica y cuánto pertenece a una tradición narrativa desarrollada posteriormente.
Lo que sí podemos afirmar es que Babilonia fue conquistada por las fuerzas de Ciro en 539 a. C.; que existieron enfrentamientos militares antes de la ocupación de la capital; que Nabónido perdió el trono; y que la ciudad fue incorporada al naciente Imperio aqueménida.
Después llegó la interpretación.
Y con ella llegaron los dioses, los discursos políticos, los recuerdos y las historias transmitidas durante generaciones.
La noche en que una ciudad siguió respirando
Tal vez eso sea lo más extraño de la caída de Babilonia.
Uno imagina el final de un imperio acompañado por llamas, murallas derrumbándose y calles cubiertas de ruinas. Pero la historia no siempre termina con semejante estruendo.
A veces cambia de dueño.
Los templos continúan abiertos. Los comerciantes vuelven a sus negocios. Las familias despiertan al día siguiente. Un funcionario sustituye a otro y, poco a poco, las monedas, las órdenes y los nombres del poder comienzan a cambiar.
Babilonia había sobrevivido a reyes, guerras y generaciones enteras. También sobrevivió a Ciro.
Quizá las ciudades nos enseñan algo que los imperios tardan demasiado en comprender: el poder puede considerarse eterno mientras existe, pero la historia siempre termina caminando más lejos que quienes intentaron poseerla.


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