La nube no está en el cielo: el costo físico de nuestra vida digital

Fila de servidores y sistema de refrigeración industrial en un centro de datos, representación del costo ambiental de la nube digital.

El costo ambiental de la nube comienza en un lugar que rara vez imaginamos cuando guardamos una fotografía, enviamos un mensaje o pedimos una respuesta a una inteligencia artificial: un edificio lleno de máquinas que necesitan electricidad, refrigeración y mantenimiento para seguir funcionando.

Llamamos nube a algo que parece no ocupar espacio. Allí quedan nuestras conversaciones, los recuerdos familiares, los documentos de trabajo y buena parte de lo que hacemos cada día. La palabra sugiere ligereza, como si los archivos flotaran lejos de la materia.

Pero la nube tiene dirección, paredes y temperatura. Tiene cables que llegan desde una red eléctrica, servidores que producen calor y equipos que deben mantenerse operativos incluso cuando nosotros dormimos.

Para comprender nuestra vida digital, quizá debamos empezar por mirar aquello que permanece fuera de la pantalla.

La nube digital es una infraestructura terrestre

Cuando subimos una fotografía a un servicio de almacenamiento, sus datos no desaparecen en el aire. Viajan por redes de comunicación hasta equipos informáticos que los reciben, procesan y almacenan. Esos equipos pueden encontrarse en uno o varios centros de datos, según el servicio y su arquitectura.

Un centro de datos reúne servidores, sistemas de almacenamiento, equipos de red, suministro eléctrico y mecanismos de refrigeración. También necesita sistemas de respaldo para reducir el riesgo de interrupciones.

No todos son iguales. Algunos pertenecen a una empresa que utiliza sus propios equipos; otros alojan servicios de numerosos clientes. Los grandes operadores de internet trabajan con instalaciones capaces de atender enormes cantidades de solicitudes.

El recorrido tampoco termina necesariamente en el edificio. Antes de llegar allí, nuestros datos pueden atravesar antenas, redes terrestres, cables submarinos y otros equipos que también consumen energía.

La nube, en realidad, es una forma de organizar y ofrecer recursos informáticos. Su aparente invisibilidad es una comodidad para el usuario, no una ausencia de infraestructura.

Complejo de centro de datos con edificios, sistemas de refrigeración e infraestructura eléctrica al atardecer.
La nube digital depende de centros de datos, redes eléctricas y sistemas de enfriamiento que hacen posible el almacenamiento y procesamiento de información.

¿Cuánta electricidad necesita nuestra vida digital?

Una parte del costo ambiental de la nube puede observarse en su demanda eléctrica.

La Agencia Internacional de la Energía estimó que los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora de electricidad en el mundo durante 2024, aproximadamente el 1,5 % del consumo eléctrico global. En su escenario central de 2025, proyectó que esa demanda podría alcanzar unos 945 teravatios hora en 2030. Es una proyección, no un consumo ya ocurrido. <Cite refs={[«turn0search0»]} />

La cifra incluye centros de datos dedicados a distintos servicios, no únicamente a inteligencia artificial.

Detrás de ella conviven actividades muy diferentes: conservar archivos, transmitir videos, ejecutar aplicaciones empresariales, mantener servicios bancarios, procesar búsquedas y entrenar o utilizar modelos de IA.

Una solicitud individual puede parecer insignificante. La escala cambia cuando millones de personas y organizaciones dependen de sistemas que funcionan de manera continua.

Tampoco sería correcto atribuir a cada clic una cantidad fija de electricidad. El consumo depende del equipo utilizado, la complejidad de la tarea, la eficiencia de la instalación y la forma en que se comparte la infraestructura.

La pregunta relevante no es solamente cuánto cuesta una acción aislada. Es qué ocurre cuando una actividad digital se convierte en parte permanente de la vida de una sociedad.

El calor: el problema que aparece después de encender los servidores

Los servidores transforman parte de la electricidad que reciben en calor. Si ese calor se acumula, los equipos pueden perder rendimiento o sufrir fallos.

Por eso un centro de datos necesita controlar la temperatura.

Algunas instalaciones utilizan sistemas basados principalmente en aire; otras emplean circuitos de líquido, torres de enfriamiento o combinaciones de tecnologías. La elección depende del clima, la densidad de los equipos, el diseño del edificio y la disponibilidad local de recursos.

La refrigeración también requiere energía. La Agencia Internacional de la Energía señala que su participación en el consumo eléctrico total puede variar considerablemente entre instalaciones: desde alrededor del 7 % en centros de datos de gran escala muy eficientes hasta más del 30 % en ciertos centros empresariales menos eficientes. <Cite refs={[«turn1search20»]} />

Esto revela una característica poco visible de nuestra vida digital: no basta con alimentar las máquinas que calculan. También hay que sostener las condiciones físicas que les permiten calcular.

Una pantalla puede permanecer fría en nuestras manos mientras, a cientos o miles de kilómetros, otros equipos trabajan para retirar el calor producido por el servicio que estamos utilizando.

El agua que puede necesitar una nube

La refrigeración introduce otra dimensión: el agua.

Algunos sistemas de enfriamiento consumen agua mediante evaporación. Otros reducen ese consumo directo, aunque pueden necesitar más electricidad en determinadas condiciones. Además, generar electricidad también puede implicar consumo de agua, según la tecnología y el lugar.

Por eso es importante distinguir entre el agua utilizada directamente en una instalación y la asociada indirectamente a su suministro eléctrico.

Torres de refrigeración, tuberías y depósitos de agua de un centro de datos, parte del costo ambiental de la nube.
Detrás de los servicios digitales existen sistemas de refrigeración que pueden necesitar agua para controlar el calor generado por los servidores.

En nuestro artículo sobre la huella hídrica de la inteligencia artificial exploramos esa relación desde las tareas de IA. Aquí el panorama se amplía: el problema también comprende la infraestructura que sostiene muchos otros servicios digitales.

Una investigación de 2025 de Lawrence Berkeley National Laboratory sobre el uso de agua de las cargas de trabajo de centros de datos encontró diferencias superiores a 10.000 veces entre determinadas condiciones de operación. Entre los factores relevantes están la eficiencia de los servidores, el sistema de refrigeración, la red eléctrica y el clima. <Cite refs={[«turn1search0»]} />

La conclusión no es que cada consulta consuma siempre una cantidad determinada de agua. Es justamente lo contrario: una cifra aislada puede ocultar diferencias enormes.

También importa dónde ocurre el consumo. Un volumen de agua puede tener implicaciones muy distintas en una región con abundancia hídrica y en otra sometida a sequías o competencia entre usos domésticos, agrícolas e industriales.

La geografía forma parte de la historia digital, aunque pocas veces aparezca en nuestras pantallas.

La electricidad tiene un origen

Dos centros de datos con un consumo eléctrico semejante no necesariamente tienen la misma huella de emisiones.

La diferencia depende, entre otros factores, de cómo se produce la electricidad que utilizan. Una red con alta participación de fuentes de bajas emisiones presenta un perfil distinto al de otra que depende ampliamente de combustibles fósiles.

La Agencia Internacional de la Energía analiza esa diversidad en su informe sobre el suministro energético para la inteligencia artificial. El estudio distingue entre la electricidad que físicamente llega a los centros de datos y los contratos mediante los cuales las empresas adquieren o respaldan energía de determinadas fuentes. <Cite refs={[«turn0search8»]} />

La distinción importa. Comprar electricidad renovable mediante un contrato no significa necesariamente que todos los equipos reciban energía de esa fuente a cada hora del día.

La demanda digital también puede concentrarse en lugares específicos. Aunque los centros de datos representen una proporción relativamente limitada del consumo mundial, su expansión puede exigir nuevas conexiones, generación o mejoras en redes eléctricas locales.

Por eso una estadística global no cuenta por sí sola lo que sucede alrededor de una instalación concreta.

Centro de datos con subestación eléctrica, torres de transmisión y sistemas de energía al atardecer.
La huella ambiental de la nube también depende del origen de la electricidad que alimenta los centros de datos y de la infraestructura necesaria para suministrarla.

Antes de funcionar, la nube ya necesitó materiales

El costo físico de la nube no comienza cuando encendemos un servidor.

Empieza antes, en la fabricación de los componentes que permiten construirlo: semiconductores, circuitos, memorias, sistemas de almacenamiento, estructuras metálicas, equipos eléctricos y sistemas de refrigeración.

Fabricar esos elementos requiere materiales, energía, agua y procesos industriales. Transportarlos e instalarlos añade otras etapas.

Cuando una empresa sustituye equipos antiguos por otros más eficientes, puede reducir el consumo durante su funcionamiento. Pero la renovación también implica fabricar nuevos dispositivos y gestionar los anteriores.

No existe una respuesta automática para todos los casos. La conveniencia ambiental de reemplazar un equipo depende de su eficiencia, vida útil, intensidad de uso y del impacto asociado a producir su sustituto.

Por eso estudiar la nube únicamente a partir de la electricidad que consume mientras funciona deja fuera una parte de su historia.

La infraestructura digital tiene un ciclo de vida. Nace de materiales, presta un servicio y, tarde o temprano, debe repararse, reutilizarse, reciclarse o desecharse.

¿La inteligencia artificial cambió las dimensiones del problema?

La expansión de la inteligencia artificial ha aumentado el interés por esta infraestructura porque determinadas tareas requieren grandes cantidades de cálculo y equipos especializados.

Pero la IA no creó los centros de datos ni explica por sí sola toda su demanda.

La nube ya sostenía correo electrónico, comercio, comunicaciones, archivos y plataformas digitales mucho antes de la popularización de los asistentes conversacionales.

Lo que cambia es la combinación entre nuevos servicios, intensidad de cálculo y velocidad de crecimiento.

El informe de 2025 de Lawrence Berkeley National Laboratory sobre centros de datos en Estados Unidos, publicado en junio de 2026, estima en su escenario de referencia que estas instalaciones podrían representar alrededor del 11,8 % del consumo eléctrico estadounidense en 2030. El propio informe ofrece otros escenarios y reconoce incertidumbres sobre equipos, utilización y refrigeración. <Cite refs={[«turn0search6»]} />

No es una cifra mundial ni una medición del consumo actual. Es una estimación para un país y un año futuros.

Esta precisión importa porque el debate suele mezclar consumos observados, previsiones y titulares llamativos como si todos describieran la misma realidad.

La investigación exige separar esas piezas antes de intentar comprenderlas.

Una infraestructura que también presta servicios valiosos

La dimensión física de la nube no convierte automáticamente en inútil aquello que permite hacer.

Los centros de datos sostienen servicios de salud, investigación, educación, comunicaciones y numerosas actividades económicas. También pueden facilitar el trabajo remoto y herramientas que ayuden a gestionar recursos de manera más eficiente.

Al mismo tiempo, esos beneficios no eliminan los costos materiales de la infraestructura.

La cuestión no consiste en imaginar un mundo digital completamente limpio ni en suponer que toda expansión tecnológica es inevitablemente perjudicial.

Consiste en preguntar qué servicios aportan valor, cómo se diseñan los sistemas que los sostienen y qué información necesitamos para comparar sus efectos.

La eficiencia de los equipos, el aprovechamiento de servidores, la refrigeración adecuada al lugar, la duración de los componentes y la transparencia sobre consumos son partes de esa conversación.

También lo es reconocer que hacer más eficiente una tarea no garantiza que el consumo total disminuya si su utilización crece mucho más rápido.

La tecnología puede ahorrar recursos por operación y, al mismo tiempo, aumentar su demanda agregada. Ambas cosas pueden ocurrir a la vez.

Lo que no vemos también forma parte de lo que usamos

La nube ha conseguido que una parte extraordinaria de nuestra vida parezca inmediata.

Una fotografía aparece en otro dispositivo. Un documento se recupera después de años. Una conversación cruza continentes. Una respuesta llega antes de que terminemos de imaginar todo el trabajo necesario para producirla.

Esa facilidad es real.

También lo son los edificios, las máquinas, los materiales, el agua y la electricidad que la hacen posible.

Quizá comprender el costo ambiental de la nube no signifique mirar cada gesto digital con culpa, sino abandonar la idea de que lo invisible carece de peso.

Hay algo profundamente humano en querer conservar nuestros recuerdos y comunicarnos sin importar la distancia. Para hacerlo hemos construido una infraestructura inmensa, repartida por el planeta, que rara vez entra en nuestras fotografías.

La próxima vez que alguien diga que un archivo está «en la nube», tal vez podamos imaginarlo de otra manera: no suspendido en el cielo, sino sostenido por una red de lugares reales.

Porque incluso aquello que parece no tener cuerpo necesita un lugar en el mundo.

Sobre el autor

José Efraín Castillo es creador y editor de HistoriasSinOrillas.com, un espacio dedicado a explorar historias reales e imaginarias, misterios, literatura y pensamiento, con una mirada narrativa e investigativa.

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