Centros de datos: El costo ecológico de la infraestructura que sostiene internet

Centros de datos entre cascadas y bosques, con el planeta Tierra al fondo, simbolizando su impacto ecológico.

Internet parece no tener peso. Una fotografía viaja de un continente a otro en segundos, una película aparece en nuestra pantalla y una inteligencia artificial responde una pregunta sin que podamos observar el esfuerzo físico que hay detrás.

Todo sucede con una facilidad extraordinaria. Basta tocar una pantalla.

Pero detrás de esa aparente ligereza existe una infraestructura gigantesca: edificios llenos de servidores, sistemas de refrigeración, redes eléctricas, cables submarinos y millones de componentes electrónicos que necesitan energía para funcionar.

Los centros de datos constituyen una parte esencial de ese universo material. En sus instalaciones se almacenan fotografías, documentos, conversaciones y buena parte de la información que sostiene nuestra vida digital.

Su expansión también plantea preguntas que ya no pertenecen exclusivamente al ámbito tecnológico. ¿Cuánta electricidad necesitan? ¿De dónde procede el agua utilizada para enfriarlos? ¿Qué sucede con sus equipos al quedar obsoletos?

El impacto ecológico de los centros de datos revela una realidad que solemos olvidar: el mundo digital necesita recursos físicos, y esos recursos tienen consecuencias ambientales.

1. La arquitectura invisible de nuestra vida digital

Un centro de datos es una instalación diseñada para alojar servidores, sistemas de almacenamiento y equipos de comunicación. Su función consiste en procesar, conservar y distribuir información de manera continua.

En su interior, los servidores trabajan día y noche. Algunos sostienen páginas web; otros permiten realizar operaciones bancarias, almacenar archivos o ejecutar aplicaciones de inteligencia artificial.

Para garantizar su funcionamiento se necesitan sistemas adicionales: alimentación eléctrica, baterías de respaldo, refrigeración, protección contra incendios y conexiones de alta capacidad.

La infraestructura digital tampoco termina en estos edificios. Comprende redes de fibra óptica, estaciones de telecomunicaciones, cables submarinos y dispositivos que conectan a los usuarios con los servicios.

Cada mensaje enviado desde un teléfono atraviesa alguna parte de esa estructura.

La sensación de que nuestros archivos se encuentran en una nube inmaterial procede de una metáfora útil, pero incompleta. En realidad, están almacenados en equipos físicos situados en lugares concretos.

Ciudad futurista nocturna con servidores flotantes entre nubes luminosas y redes digitales que conectan sus edificios.
Sobre una ciudad iluminada, gigantescos servidores flotan entre nubes de información. Una representación surrealista de la infraestructura física que sostiene nuestro universo digital. Imagen creada para HistoriasSinOrillas.com.

Y esos lugares requieren electricidad, materiales, mantenimiento y espacio.

Comprender esta dimensión material permite examinar el costo ecológico de la tecnología sin caer en la idea equivocada de que toda actividad digital produce necesariamente el mismo impacto.

2. El consumo eléctrico de los centros de datos

La electricidad constituye uno de los principales recursos necesarios para mantener en funcionamiento la infraestructura digital.

Los procesadores necesitan energía para realizar cálculos. Los sistemas de almacenamiento deben conservar y recuperar información. Los equipos de comunicación transmiten datos entre servidores y redes.

A ese consumo se añade la electricidad utilizada para refrigerar las instalaciones y sostener sus sistemas auxiliares.

Centro de datos rodeado de paneles solares y torres eléctricas en un desierto de suelo agrietado.
Bajo un sol abrasador, una gigantesca infraestructura digital revela su dependencia de la electricidad y los recursos naturales. Imagen surrealista creada para HistoriasSinOrillas.com.

Según el informe Energy and AI de la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron aproximadamente 415 teravatios hora de electricidad durante 2024.

Esa cantidad representó alrededor del 1,5 % del consumo eléctrico mundial.

La cifra adquiere mayor importancia al observar su posible evolución. En el escenario central publicado por la agencia en abril de 2025, la demanda podría alcanzar aproximadamente 945 teravatios hora en 2030.

No se trata de una cantidad inevitable, sino de una proyección condicionada por la expansión de los servicios digitales, la eficiencia de los equipos y el desarrollo de la infraestructura energética.

El porcentaje mundial tampoco describe por completo los efectos locales.

Una instalación de gran capacidad puede concentrar una demanda considerable en una región cuya red eléctrica dispone de recursos limitados.

El impacto depende, por tanto, tanto de la cantidad de energía consumida como del lugar donde se necesita.

3. La inteligencia artificial está transformando la demanda energética

El crecimiento de los centros de datos no comenzó con la inteligencia artificial. Durante décadas, internet, el comercio electrónico, los servicios bancarios y el almacenamiento remoto impulsaron la construcción de nuevas instalaciones.

La expansión reciente de la inteligencia artificial generativa ha introducido otra dimensión.

Los modelos avanzados requieren procesadores especializados capaces de ejecutar enormes cantidades de operaciones matemáticas. Su entrenamiento puede demandar una capacidad informática considerable, mientras que su utilización cotidiana también necesita recursos.

Cada consulta individual representa solamente una parte de un sistema mucho más amplio.

El aumento del número de usuarios, la complejidad de los modelos y la integración de estas herramientas en nuevos servicios pueden incrementar la demanda total de procesamiento.

Estados Unidos ofrece un ejemplo de esta transformación.

Una actualización del estudio sobre consumo energético publicada en junio de 2026 por el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estima que los centros de datos podrían representar aproximadamente el 11,8 % del consumo eléctrico estadounidense en 2030.

El informe contempla escenarios comprendidos entre el 9,5 % y el 15,3 %.

Estas cifras son proyecciones nacionales, no mediciones del consumo mundial ni resultados ya alcanzados.

También conviene distinguir la inteligencia artificial del conjunto de los servicios digitales. No toda la electricidad utilizada por los centros de datos corresponde a sistemas de IA.

La cuestión ambiental no consiste únicamente en determinar cuánta energía necesita una nueva tecnología, sino en comprender cómo evoluciona la demanda total a medida que millones de personas incorporan sus aplicaciones a la vida cotidiana.

4. El calor: El problema físico que acompaña a cada cálculo

La electricidad utilizada por los equipos informáticos termina transformándose, en gran medida, en calor.

Un procesador puede realizar millones de operaciones por segundo, pero necesita mantenerse dentro de determinados límites de temperatura para funcionar correctamente.

En instalaciones que reúnen miles de servidores, el calor acumulado representa un desafío técnico permanente.

Si no se controla, puede afectar el rendimiento de los equipos, reducir su vida útil o provocar fallos.

Por esa razón, los centros de datos utilizan diferentes sistemas de refrigeración.

Algunas instalaciones recurren principalmente al aire. Otras emplean circuitos de refrigeración líquida que transportan el calor desde los componentes hasta equipos capaces de disiparlo.

También existen sistemas evaporativos, en los que una parte del agua se evapora para facilitar la eliminación del calor.

Cada solución presenta ventajas y limitaciones relacionadas con el clima, el consumo energético, la disponibilidad de agua y las características de los servidores.

Una tecnología que funciona de manera eficiente en una región fría puede presentar resultados distintos en un territorio tropical.

El problema adquiere particular importancia con los equipos de inteligencia artificial, cuya elevada densidad de procesamiento concentra una gran demanda eléctrica y térmica en espacios relativamente pequeños.

La refrigeración no es un elemento secundario: forma parte esencial del funcionamiento de la infraestructura digital.

5. El agua que utiliza internet: Consumo directo e indirecto

El agua constituye una de las dimensiones menos visibles del impacto ecológico de los centros de datos.

En determinadas instalaciones, los sistemas de refrigeración la utilizan para disipar el calor generado por los servidores.

Centro de datos surrealista con servidores, tuberías de refrigeración, cascadas y vegetación.
Entre servidores y cascadas, el agua revela su papel invisible en el funcionamiento de internet. Una representación surrealista del equilibrio entre tecnología y naturaleza.

Una parte puede circular repetidamente por circuitos cerrados. En otros sistemas, cierta cantidad se pierde mediante evaporación o debe reponerse durante las operaciones de mantenimiento.

La cantidad necesaria varía considerablemente entre instalaciones.

Depende del clima, el diseño del edificio, el sistema de refrigeración y las características de los equipos.

Pero existe una segunda dimensión: El agua utilizada fuera del centro de datos para producir la electricidad que consume.

Algunas tecnologías de generación eléctrica necesitan agua para sus propios procesos de refrigeración. La generación hidroeléctrica también puede tener una huella hídrica asociada, entre otros factores, a la evaporación de los embalses.

Un estudio publicado en Nature Sustainability examinó conjuntamente las necesidades energéticas, hídricas y climáticas de los servidores de inteligencia artificial en Estados Unidos.

Sus escenarios para el período 2024-2030 muestran que la huella hídrica de estas instalaciones depende tanto del consumo directo como del agua asociada a su suministro eléctrico.

El trabajo estima una huella hídrica anual de entre 731 y 1.125 millones de metros cúbicos bajo diferentes escenarios de expansión. Son proyecciones para servidores de IA en Estados Unidos, no una medición del consumo mundial de todos los centros de datos.

La ubicación resulta decisiva.

Una instalación situada en una región con abundantes recursos hídricos no plantea exactamente los mismos desafíos que otra construida en una zona afectada por sequías recurrentes.

La pregunta ambiental fundamental no es solamente cuánta agua utiliza un centro de datos, sino de dónde procede, qué parte consume realmente y qué consecuencias tiene esa demanda para su entorno.

6. La huella de carbono de la infraestructura digital

El consumo eléctrico y las emisiones de carbono están relacionados, pero no son equivalentes.

Dos centros de datos con una demanda energética semejante pueden presentar huellas de carbono diferentes si reciben electricidad de fuentes distintas.

Una instalación abastecida mediante generación renovable de bajas emisiones operativas tendrá un perfil diferente al de otra que dependa principalmente de centrales alimentadas por combustibles fósiles.

La Agencia Internacional de la Energía estimó en su análisis sobre inteligencia artificial y cambio climático que las emisiones indirectas de los centros de datos asociadas al consumo eléctrico rondaban los 180 millones de toneladas de dióxido de carbono en 2024.

La cifra corresponde al conjunto de sus actividades, no exclusivamente a la inteligencia artificial.

Aunque representa una proporción relativamente pequeña de las emisiones mundiales procedentes de la combustión de combustibles, el crecimiento del sector merece atención.

La huella climática también incluye aspectos que no aparecen en una factura eléctrica.

Construir edificios, fabricar equipos informáticos, producir componentes y transportar materiales requiere energía y genera emisiones.

Por eso, evaluar una instalación exclusivamente durante su funcionamiento ofrece una imagen incompleta.

Un análisis más amplio considera diferentes etapas de su existencia, desde la extracción de materias primas hasta el tratamiento de los equipos al final de su vida útil.

Reducir las emisiones operativas es importante, pero una infraestructura verdaderamente sostenible necesita examinar su ciclo de vida completo.

7. Los materiales y los residuos electrónicos que deja la tecnología

Un servidor no aparece de la nada.

Su fabricación requiere semiconductores, cobre, aluminio, acero, plásticos y otros materiales cuya extracción y transformación pueden producir impactos ambientales.

La construcción de un centro de datos también necesita cemento, estructuras metálicas, sistemas eléctricos y equipos especializados.

A medida que aumenta la demanda de procesamiento, crece la necesidad de fabricar y renovar parte de esa infraestructura.

Los residuos electrónicos representan uno de los desafíos resultantes.

Valle surrealista de residuos electrónicos con árboles, placas de circuitos y mariposas mecánicas sobre un río.
Entre montañas de circuitos y servidores desechados, la naturaleza encuentra un camino para renacer. Una visión surrealista de los residuos electrónicos y el desafío ambiental de nuestra era digital.

Los servidores y sus componentes pueden quedar fuera de servicio por averías, cambios tecnológicos o decisiones económicas relacionadas con su eficiencia.

Un estudio publicado en Nature Computational Science sobre los residuos electrónicos de la inteligencia artificial generativa estimó que esta tecnología podría generar una acumulación de entre 1,2 y 5 millones de toneladas de residuos electrónicos durante el período 2020-2030, según diferentes escenarios de desarrollo.

La estimación se refiere a una categoría específica de equipos asociados a la IA generativa; no representa todos los residuos de la industria tecnológica.

El problema forma parte de una crisis más amplia.

El Global E-waste Monitor 2024 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones calculó que durante 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo.

Solamente el 22,3 % de esa masa quedó documentado como recogido y reciclado formalmente de manera ambientalmente adecuada.

La recuperación de materiales, la reparación y la reutilización pueden disminuir parte de esta presión.

También resulta necesario prolongar la vida útil de los equipos cuando sea técnica y económicamente razonable.

La innovación tecnológica no debería medirse únicamente por la velocidad con que aparece una nueva generación de dispositivos, sino también por la responsabilidad con que se administra el destino de los anteriores.

8. Las consecuencias locales de una industria global

Internet conecta al mundo, pero sus instalaciones físicas ocupan territorios específicos.

Un centro de datos necesita suelo, acceso a electricidad, conexiones de telecomunicaciones y, según su diseño, disponibilidad de agua.

Su construcción puede generar empleo, atraer inversiones y estimular el desarrollo de infraestructura.

Al mismo tiempo, una instalación de gran tamaño puede introducir nuevas presiones sobre los recursos locales.

Las comunidades pueden plantear preguntas legítimas sobre el abastecimiento eléctrico, la utilización del agua, el ruido de los equipos auxiliares y las necesidades de ampliación de las redes.

No todos los proyectos presentan los mismos efectos.

Una instalación construida en una zona industrial con suficiente capacidad energética plantea condiciones diferentes a las de otra que necesita importantes ampliaciones de infraestructura o comparte recursos limitados con poblaciones cercanas.

La concentración geográfica también importa.

La Agencia Internacional de la Energía advirtió en su análisis sobre inteligencia artificial y seguridad energética que las limitaciones de las redes eléctricas podrían retrasar alrededor del 20 % de la capacidad mundial de centros de datos prevista para construirse hasta 2030.

Se trata de una estimación de riesgo, no de una constatación de proyectos que necesariamente sufrirán retrasos.

El desafío consiste en planificar el crecimiento digital teniendo en cuenta las condiciones de cada territorio.

Una infraestructura puede resultar conveniente desde una perspectiva empresarial y necesitar, al mismo tiempo, una evaluación rigurosa de sus efectos ambientales y sociales.

9. ¿Cómo puede ser más eficiente un centro de datos?

La eficiencia energética constituye una de las herramientas disponibles para reducir el impacto de la infraestructura digital.

Una instalación eficiente utiliza mejor sus recursos para proporcionar una determinada capacidad de procesamiento.

Uno de los indicadores empleados por la industria es el PUE, siglas en inglés de Power Usage Effectiveness.

Este indicador relaciona la energía total utilizada por una instalación con la energía consumida directamente por sus equipos informáticos.

Cuanto más cercano a 1 sea el resultado, menor será la energía adicional destinada a refrigeración y otros sistemas auxiliares.

También existe el WUE, o Water Usage Effectiveness, que permite relacionar el uso de agua con la energía consumida por los equipos informáticos.

Ambos indicadores ofrecen información valiosa, aunque ninguno describe por sí solo toda la huella ambiental.

Un centro de datos puede presentar un PUE favorable y continuar consumiendo grandes cantidades de electricidad debido al tamaño de sus operaciones.

La Comisión Europea, en su informe sobre eficiencia energética de los centros de datos publicado en septiembre de 2026, examina diferentes indicadores de sostenibilidad, incluidos el consumo energético, el uso del agua, la reutilización del calor y la participación de energías renovables.

Entre las posibilidades de mejora se encuentran los sistemas de refrigeración adaptados al clima, la utilización más eficiente de los servidores y la recuperación del calor residual.

También puede reducirse la necesidad de fabricar equipos nuevos mediante un mejor aprovechamiento de la capacidad informática existente.

La eficiencia, en definitiva, no consiste solamente en instalar máquinas que consuman menos.

Consiste en diseñar y administrar toda la infraestructura para obtener el mayor valor posible de los recursos utilizados.

10. Cómo reducir el impacto ecológico de los centros de datos

La infraestructura digital aporta beneficios que sería equivocado ignorar.

Facilita la investigación científica, permite desarrollar servicios de salud, conecta comunidades y hace posible acceder a conocimientos que antes permanecían fuera del alcance de millones de personas.

La inteligencia artificial también puede contribuir a mejorar la eficiencia energética, identificar pérdidas en redes eléctricas y desarrollar herramientas de análisis ambiental.

Pero esos beneficios no eliminan automáticamente el costo material de su funcionamiento.

Una tecnología puede contribuir a resolver determinados problemas y, al mismo tiempo, generar otros que requieren atención.

Por eso, el futuro de los centros de datos necesita combinar innovación con responsabilidad ambiental.

La selección de ubicaciones, la disponibilidad de electricidad de bajas emisiones, la gestión del agua, la eficiencia de los equipos y el tratamiento de los residuos deberían formar parte de una misma evaluación.

También importa la transparencia.

Conocer el consumo real de una instalación permite distinguir los avances verificables de las declaraciones empresariales que todavía no cuentan con resultados suficientes.

Del lado de quienes utilizamos los servicios digitales, conviene reconocer que cada actividad depende de una infraestructura compartida.

Esto no significa convertir cada búsqueda en internet en un motivo de culpa ni abandonar herramientas que pueden mejorar nuestras vidas.

Significa utilizar la tecnología con criterio y comprender que la comodidad digital tiene una dimensión física.

Durante mucho tiempo imaginamos internet como un espacio separado de la naturaleza: una especie de universo de información que flotaba por encima de los límites del mundo material.

Hoy sabemos que sus cimientos descansan sobre recursos muy concretos.

Detrás de una pantalla encendida existe electricidad. Detrás de un servidor trabajando existe calor. Detrás de un nuevo dispositivo existe una cadena de materiales, procesos industriales y decisiones humanas.

La pregunta verdaderamente importante no es si debemos renunciar al progreso tecnológico, sino qué clase de progreso estamos construyendo.

Porque una civilización capaz de almacenar cantidades extraordinarias de información también debería ser capaz de reconocer el valor de los recursos que hacen posible conservarla.

Tal vez la verdadera inteligencia del futuro no se mida solamente por la velocidad de nuestras máquinas, sino por nuestra capacidad de hacerlas funcionar sin olvidar el mundo que las sostiene.


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Sobre el autor

José Efraín Castillo es creador y editor de HistoriasSinOrillas.com, un espacio dedicado a explorar historias reales e imaginarias, misterios, literatura y pensamiento, con una mirada narrativa e investigativa.

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